No es la misma penumbra
que acompañaba nuestros pasos
la que hoy ensombrece las calles
pero hay detalles que ayer no veía
cuando caminaba junto a ti.
Seré yo quien recuerde tu voz
desgranada como una espiga,
tu carcajada rompiendo la noche,
tu paso corto, tu geografía,
el claroscuro que las luces y sombras
dibujaban en tu cuerpo.
Tu te habrás olvidado
lo que entonces pensabas
cuando nos caía el silencio
y venias a mi para llorar o nacer,
a defenderte de los desengaños,
a refugiarte o reinventarte.
Aveces el tiempo se moría,
un sol sorpresivo nos manchaba la piel
y el mundo para mi existía
porque tu estabas allí,
dejandote barrer las penas
librándote del peso cruel de tus sombras.
Rey sin reino me sentía
deshabitado pero pleno,
gritandote con los ojos
mi amor desesperado,
guardándome los besos,
ocultando las manos.
Eras una ola de amor que amenazante
se extendía hasta cubrirlo todo,
eras mi manera de estar vivo,
mi poesía que torpe y novata
comenzaba a nacer.
Poco a poco se arrimaba el día
iluminando tu cabello enmarañado,
disimulando mis latidos entre gorriones,
extendiendo la belleza del mundo en tu rostro.
Me despedia saciado y pleno
de tu belleza y aroma,
llevándome la ultima gota de tu tristeza
el aire limpio de tu aliento,
con la inmóvil valentía de mis labios
y una suave brisa inoportuna
que siempre me robo tu ultimo beso.
miércoles, 18 de noviembre de 2009
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