jueves, 27 de agosto de 2009

DESORDEN

“El refugio” es un caos.
Mi lugar de duración es una habitación cuadrada abarrotada de libros, muchos de ellos no ocupaban su espacio correspondiente en la enorme biblioteca, viven desparramados por cualquier rincón, dependiendo de las ganas, de las necesidades o de la búsqueda de cada día. Una mesa con cuatro sillas de cuerina blanca, un sillón de tres plazas, dos enormes ventanales, dos escritorios, un pequeño bar improvisado, una cama de dos plazas, un placar, un perchero y una silla negra con apoya brazos que desentona, forman "el refugio"
Sobre la mesa “seis atados de cigarrillos vacíos, uno lleno, 5 CD llegados desde España, una carpeta de computación, una colección de libros de historia que aun no tienen su propio lugar, un cenicero abarrotado de colillas, otro mas, el del escritorio que en algún momento inconsciente traslade, un cuaderno con poesías prácticamente abandonado, un horario de cine, un plato con su respectivo vaso, un desodorante Colbert, mi carpeta de datos inútiles, dos pañuelos, dos posters , el control remoto del televisor, dos encendedores, una bolsa de Musimundo, un papel de regalo sin regalo, la guía de teléfonos, un diario “Ole”, el celular, las llaves, un recorte del diario, y debajo de todo eso tierra.
Sobre el piso y al pie del sillón: un par de zapatillas, los zapatos viejos, el par nuevo un poco mas alejado, como marcando diferencias sociales con el resto, una revista Ñ en el piso, los almohadones desparramados, una camisa sin estrenar, un pulóver abollado.
Ni siquiera las sillas escapan al desorden, ninguna permanece en línea con la mesa, y en ellas, una campera blanca colgada, una remera aplastada como si fuera un cojín.
Los libros parecen moverse por las noches, nunca aparecen donde creí dejarlos el día anterior, el televisor mudo y triste, mira hacia la mesa, ya no apunta hacia la cama deshecha.
Hay un par de manchas nuevas sobre la alfombra, una seguro que de whisky, la otra imprecisa, un celofán de cigarrillos, sobre la cajonera: una bolsa con ropa para donar, una hoja de periódico con frases celebres.
Una pila de compact descansa sobre la discriminada silla negra que se refugia en un rincón, en el bar: una botella de ron sin abrir otra de whisky a punto de fallecer.
No aparecen las lapiceras, parece que se han sumado al complot que me obliga al silencio.
Al pie de la cama, sobre el franco izquierdo si la vemos de frente cuatro libros; “París era una fiesta” de Hemingway, “Rimas y leyendas” de Gustavo Adolfo Bécquer, una antología poética y “ La Profanación” de Juan Carlos Iglesias y Claudio Negrete
Semejante desorden debe ser sin dudas un reflejo del alma, un indicio de quilombo interno.
Lo peor del caso es que ni siquiera tengo ganas de ordenar, en ningún momento se me cruzo por la cabeza poner orden, hacer limpieza, tirar, desechar lo inservible, destruir ese sub. mundo que existe sobre la mesa y recuperar su madera.
Como tampoco tengo ganas o fuerza o interés o agallas o como quieran llamarlo para dejar al descubierto ciertos vacíos internos y externos.
El aire varía sus aromas. Aveces huele a rutina, a pasos perdidos, a desorientación. Aveces a vicio, a cigarrillos encendidos uno tras otro, a densidad, a falta de luz natural, a ausencia. Y otras, huele a sahumerio, a jazmín ingresando por mi ventana, a montaña, a esperanza y sueños relucientes.
Y hay ruido, mucho ruido.
Ruido a silencio que aturde, ruido a ella en mi cabeza, ruido a sangre corriendo por las venas, ruido a canturreo de mi boca arreglando la habitación, ruido a nada... que aveces me hunde y aveces me salva.

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