Es mi deber vivir cada día,
morir cada noche entre mi tinta.
El claro día me trae:
el reflejo de los bosques,
el nacimiento sin vergüenza
de nuevos tiranos,
la ola verde vestida de esperanza,
zapatos sin camino,
muchedumbre que arde y abandona,
plegarias incomprensibles y repetidas,
cinturas de mujeres inalcanzables,
reclamo por los errores y dolores,
humito justiciero y alegre,
crímenes innecesarios,
cerveza despreocupada y fresca,
recuerdos de los brazos que faltan,
ropa que al sol se seca,
restos de un dolor añejo,
examenes aprobados sobre la locura,
cajones vacíos o de llave extraviada,
retazos de lluvia helada y vieja
hojas agonizantes en arboles altos,
manantiales de posibles imposibles.
La noche arrima a mis paginas cansadas:
las conclusiones del sol,
largas y absurdas explicaciones,
nacimiento de tinta negra o azul,
soledades y vinculos perdidos,
manos que aprietan y matan,
miserias propias, incertidumbre ajena,
testamento del día,
descripciones,
salvajes diálogos internos,
calendario de meses vencidos,
sombras que vuelven una y otra vez,
ciegos, mudos e infelices doctores,
vuelos de pajaros con o sin jaula,
gruesas cadenas rotas
valentonadas de minutero,
furias que se desmayan
voz ausente de su boca,
comienzo y final del universo
profesias y dioses nuevos
piedra frágil, rosa endurecida
agradezco, entonces, mi nocturna agonía,
me costo mucho aprender a morir.
jueves, 27 de agosto de 2009
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